El cortado llega en un vaso que quema exactamente noventa segundos, así que aprendes a esperar. La clave del wifi es el nombre del perro del dueño más el año en que nació el perro; pregunta, que tiene su historia. El flat white, correcto. La tarta de zanahoria se acaba a las 10:30 los sábados y no piensan hacer más. Lleva efectivo.
Esta encantadora cafetería es una auténtica joya escondida. El ambiente acogedor te hace sentir como en casa de inmediato, y el café, elaborado por expertos, es sencillamente excepcional. Los amables baristas se enorgullecen claramente de su trabajo, y la deliciosa selección de repostería complementa a la perfección cualquier bebida. ¡Una visita obligada para los amantes del café!
El espresso es buenísimo, sin peros. Todo lo demás: caos. Una sola persona en la máquina en hora punta, la playlist son las mismas cuatro canciones de Khruangbin, y la mesa de la esquina cojea tanto que han calzado una tarjeta de fidelidad doblada — la mía, creo. Aun así, aquí estoy cada martes.
Tuestan los lunes, así que toda la calle huele a decisión a punto de tomarse. La carta de filtrados cambia cada semana; el keniano sabía a pomelo, en el buen sentido. Enchufes solo en la pared izquierda, que la gente de los portátiles tiene cartografiada como un teatro. La leche de avena se cobra aparte y el cartel que pide perdón está escrito a mano.