Dos noches por la boda de mi hermana. El ascensor estuvo averiado los dos días y estábamos en un quinto, así que cuenta con las escaleras. El chico de recepción — Marco, creo — nos guardó las maletas hasta la ceremonia y nos consiguió una plancha. Las habitaciones huelen un poco a pintura fresca. Los cruasanes a las nueve ya estaban duros. Aun así, volvería.
Desde el momento en que llegamos, el personal nos hizo sentir verdaderamente bienvenidos. Las habitaciones estaban impecables y bellamente decoradas, logrando el equilibrio perfecto entre confort y elegancia. El desayuno ofrecía opciones para todos los gustos y la ubicación no podría ser más conveniente. Tanto por negocios como por placer, este hotel supera todas las expectativas. ¡Estamos deseando volver!
Es un tres estrellas con precio de tres estrellas. El aire acondicionado traquetea hasta que le das un golpe — luego va perfecto. Lo mejor es la ubicación: a dos calles del metro, y la panadería de abajo abre a las seis. A mi mujer las almohadas le parecieron horribles; a mí, normales. Me cobraron el parking dos veces pero lo devolvieron el mismo día que escribí.
Reservamos a última hora cuando se nos cayó el Airbnb. La 214 da al patio — tranquila, salvo el extractor de la cocina, que arranca a las seis en punto. La presión de la ducha es fantástica. No pagues el suplemento de “vistas a la ciudad”: es un aparcamiento. La recepcionista nos mandó a un bar de tapas de la esquina, Casa Nuria, que acabó siendo la mejor comida del viaje.